25/11/2010


EL ESCRITOR QUE DEJÓ DE LEER

La confesión que hago pública a continuación es real, y a la vez paradójica: hace tres años que no leo nada. Es paradójica, porque siendo un escritor (para ser más claros, un pobre diablo que pretendía escribir), el no leer significa un absurdo, o la demostración absoluta de algo que todos sabemos, que vivimos en un país cerril e idiota que se aferra a su ignorancia y patetismo con orgullo suicida. En realidad la paradoja es un asunto personal: dejé de leer, pero a la vez gracias a ello sigo aquí y aún puedo escribir. Aunque sea algo tan humilde como este texto.
Es necesario que haga un sumario brevísimo de los eventos que me llevaron a este punto: en 2006 perdí casi al mismo tiempo el lugar donde vivía y el trabajo que tenía como editor de una revista de cuyo nombre preferiría olvidar, y acabé en casa de un hermano al que me une un pasado mediocre y un amor/odio que ambos tratamos de soslayar con escaso éxito. Para colmo de males (o bendición, quién sabe) tuve que tirar el arpa en un proyecto editorial en el que los egos de ciertas personas pesaron más que el profesionalismo. Resultado: me declaré enfermo de muerte ante la cultura, y me concentré, totalmente en contra de mi voluntad, pero obligado por el aburrimiento, el fastidio y la necesidad de hacer algo -cualquier cosa, antes de que la depresión me aplastara- a dos cosas: sobrevivir y terminar mi tesis de posgrado.
Quien lea lo anterior pensará que soy afortunado y que me quejo de a gratis, pero esto no es tan sencillo como suena: a pesar de los inconvenientes (desempleo, frustración, pobreza patrimonial) podía dedicarme a terminar mis pendientes, y de pasada agregaba otro palmarés a mi currículo, pero a mí eso es lo que menos me importaba, puesto que en parte culpé a la literatura de todos mis males. Después de mis experiencias en el mundillo cultural mexicano, lo último que me interesaba era tratar con académicos o artistas, porque ya bastante desagradable es lidiar con mi propio ego como para batallar también con los de nuestros honestísimos, justos y simpatiquísimos sabios literarios, teatrales o de cualquier otro tipo, que siempre exigen más pero jamás recompensan el esfuerzo si no se pertenece a su mafia personal.
Como sea, el estar lejos de estas finísimas personas, así como de cierta gentuza que se hacía llamar “amiga” me sirvió: fui superando mi depresión y ganando fuerzas, hasta que un amigo de verdad, quien por desgracia ya no está entre nosotros, me permitió entrar a trabajar en una institución que a pesar de sus defectos sigue trabajando por una meta importante, y tras estos años de dificultades, cuento ahora con trabajo y con una tesis con la que recibiré mi título de maestro en poco tiempo. Debería de estar contento. Debería… pero no lo estoy.
Y aquí está la razón: todo este tiempo, ocupado con mi tesis y los trámites, limitado por la falta de dinero, y resentido con una actividad y un gremio que me marginó, dejé de leer. Estas razones son en realidad pretextos, porque si no leo, es porque en el fondo me asquea la actividad intelectual, por la simple razón de que leer me recuerda el pasado, el rechazo de la gente y el fracaso, no de mis proyectos, sino de mi afán por relacionarme con gente que sólo busca el trato humano para trepar por un escalafón que revela la naturaleza auténtica de la intelectualidad mexicana, la de la pasarela de egolatrías demasiado grandes en comparación con el talento en el que se sostienen. Antes, leía por gusto, por diversión, pero también porque leer, según yo, me permitiría entrar en un medio interesante, en el cual mi conocimiento me permitiría relacionarme con la gente, hablar sobre asuntos que son importantes. ¡Qué decepción! Con honrosas excepciones, lo que me encontrado son un montón de alimañas a las que mi actitud les provoca nauseas, y que hicieron todo lo que pudieron para perjudicarme. Ahora estoy lejos de ellos, gracias a Dios, pero algo se fracturó dentro de mí, y esa ruptura se traduce en un rechazo permanente al acto literario que aún no logro superar.
Quienes me conocen (y los que conocen mi obra, incluida la tesis que actualmente se encuentra en dictamen por parte de los sinodales) van a decir que es absurdo que sea capaz de afirmar lo anterior, cuando la pura tesis cuenta con 400 cuartillas. ¡Nadie que escriba 400 cuartillas para titularse puede sentir aversión a escribir! Pero cabe señalar que ese texto lo hice obligado por las circunstancias: mi titulación, primero, no podía seguirse posponiendo, pues hacía 10 años que había terminado los estudios y las cosas inconclusas pesan como un lastre; segundo, mis padres invirtieron mucho dinero en mi educación para que al final su hijo desertara de manera tan cobarde y pusilánime; y tercero, el título, aunque para mí en realidad no significa gran cosa, es algo que se puede colgar de un currículo mediocre (como lo es el mío), lo que se podría traducir en un mejor trabajo tarde o temprano. O sea, y para ser breve, tenía la obligación de acabar con este trámite. Puedo jurarles que no escribí una sola coma de ese texto por gusto, pero ya estaba ahí el deber de acabar, de sacar adelante el gran pendiente de mi vida. Y sin otra actividad a la vista, me sumergí en el proyecto tanto tiempo pospuesto por desidia para terminan haciendo una obra excesiva, que me sirvió de distractor en tan negros años.
Y lo mismo puedo decir de todo lo demás. Escribí mi primera obra de teatro por la obligación de aprobar la materia de teatro en la Escuela de Escritores de SOGEM, y ya después si la metí a concurso (quedando finalista) fue para tentar a mi ego y para ver si pegaba el lírico chicle y me aplaudían (por una pinche vez en mi triste vida); me aventé a seleccionar y recopilar materiales para un libro de cuentos porque junto con un grupo de “amigos” deseábamos crear un proyecto cultural independiente, pero finalmente el compromiso de sacar adelante lo pactado me pesaba más que el gusto de alcanzar una meta; y en cuanto a mi trabajo, no lo hago por gusto, sino porque me pagan por él y gracia a eso vivo solo, sin que la gente a mi alrededor me reproche por too lo que, reprochable o no, sirve de pretexto para conflictuarse conmigo. O lo que es lo mismo: las cosas no me salen por gusto, sino por obligación y por pura rabia.
Alguien peguntará si eso vale al pena, y le respondería con un no sé. El trabajar por la obligación para mí fue, sin darme cuenta, una liberación, porque el forzarme a hacer algo, agradable o no, se convirtió en una bendición disfrazada de martirio. Miles de veces he hecho cosas por la fuerza para encontrarme, de repente, instalado en la briega de esa actividad alcanzando un estado cercano a la beatitud y al Nirvana. Mientras trabajaba, mientras escribía, no penaba en mis problemas, no pensaba ni en mi infelicidad, ni en mi narcisismo catastrofista que me hace siempre esperar lo peor y maldecir mi destino desgraciado (ajá). Y entonces todo era maravilloso, porque al olvidar mis problemas terminaba mis obligaciones y mi mente se limpiaba de negatividad. Y sólo entonces mi vida era maravillosa. Contradictoria, pero maravillosa.
Y a partir de esto ahora entiendo algo terrible: me convertí en un adicto a la tristeza y a la actividad mecánica, casi incosciente porque aprendí a poner mi voluntad en manos de otros (mis padres, la autoridad, mis jefes, mi hermano) y mis deseos personales, signados por el fracaso y la censura, se transformaron en pautas de lo que no se debía hacer porque me causaban infelicidad. Y ahora, por ello, necesito hacer cosas por obligación, cosas forzadas independientemente de que me gusten o no o si son buenas o malas para mí. Por eso siempre opté por actividades escolarizadas, porque ahí siempre hay objetivos, recompensas, principios y finales. Y eso en sí no es malo, puesto que estoy ya hecho a una metodología de pasos, pero también denota mi absoluto terror ante la libertad, ante el espacio vacío. No por nada estudié guionismo, porque es un área literaria que exige estructurar, precisar, cubrir fines. Presentación, desarrollo y desenlace al servicio de una funcionalidad que se contradice por completo con la espontaneidad creativa, con la poesía, pero que por eso mismo establece una dialéctica feroz de la que sale el germen de un programa o de una película que tiene todo para ser un éxito.
Creo que ahora lo que procede es eso: trabajar arduamente, pero no por el resultado, que de todas maneras será decepcionante, sino por el simple hecho de trabajar, de cumplir cuotas, de gastar el tiempo de manera útil, antes de que éste se acabe. Y eso se aplica también a los libros, esos amigos que por culpa de terceros hice a un lado, tirados en un escritorio en la habitación de mi casa que he dado a llamar la “egoteca”, y que en realidad se ha convertido en el cuarto de las cosas y de la ropa, pero tener el único ropero de todo el departamento. Como siempre, el azote tendrá que pasar a segundo plano para dejar pasar el trabajo, la razón empapada de sentimientos más constructivos que la rabia y la soberbia. Sí, así es mejor gastar el tiempo, sin pensar pendejadas, sin rumiar tristezas inútiles. Porque el tiempo se acabará, inevitablemente, y será mejor al final haberlo aprovechado en trabajo, -aunque a nadie le importe- que en lamentos por una vida social que de todas maneras está envenenada por la estupidez y la adicción al éxito.