09/02/2009

LEVANTAR EL SILENCIO: UNA INTRODUCCIÓN

Me desesperan los blogs. Me cansa esa avalancha de textos electrónicos en los que sus autores se avientan a dar línea sobre todos los temas conocidos –y de los desconocidos también– como si fueran los conocedores que el mundo esperaba, cuando muchas veces tan sólo demuestran su inmensa ignorancia y su soberbia desbocada. Y sin embargo, aquí estoy yo poniendo mi colaboración en este desfile de choros intragables. Venga, entremos al club de una vez.
¿Por qué? Porque yo también tengo que hablar. Ni modo, soy escritor. No el mejor, francamente, pero lo soy, y eso significa que también debo hacer público mi imperfecto y torturado pensar. Que les quede claro a todos: soy simple y llanamente un escritor, no un intelectual, y que vaya a chingar a su puta madre el que me cuelgue ese infecto sambenito. No estoy para cambiarle la vida a nadie, ni para darle cátedra a nadie, salvo que me quieran incluir en la nómina de alguna institución educativa. No soy perfecto ni me interesa serlo. Tan sólo quisiera decir algo que rompa con el concierto de afinadísimos y melódicos mediocres, este coro intolerable de sabihondos que se sienten bordados a mano tan sólo porque creen que saben. Yo también soy ignorante, pero tengo a la mano algunas migajas de conocimiento, y también quiero divertirme. También quiero tener una voz.
¿Por qué no la había expuesto antes? Porque me harté. Me asquee de todo lo que tenía que ver con intelecto, con escritura, con ideas, con intelectualidad. Me causó un gran repudio el comprobar ciertas traiciones que aún me duelen; y finalmente, me harté de ayudar a otras personas a recibir reconocimientos que a mí se me negaban, lo que terminó enfermándome. Literal y totalmente: a la vez que la envidia me corroía, también físicamente me invadía una nausea y un malestar de tal magnitud que el desastre acabó invadiendo toda mi vida: sin hogar, sin trabajo, fastidiado con mi familia y con un círculo de amigos voluntariamente reducido, me vi obligado a enfrentar a la única persona con la qué tenía que pelearme: yo mismo. Y la confrontación no me gustó, pero fue muy educativa.
El proceso de curación en el que me encuentro inmerso no ha terminado. En cualquier momento puede remitir el malestar y de la noche a la mañana la metástasis del alma se me puede subir de nueva cuenta. ¿Pero qué puedo hacer? ¿Guardarme en una antiséptica burbuja? ¿Sumergirme en cualquier materia evasiva, como libros, resentimientos, drogas? No, eso no tiene caso. Y la verdad, no tengo ganas de jugar a las abstinencias totales o a la inclusión de alguna saturación absoluta. Lo que yo quiero de verdad es hacer algo interesante y provechoso, y además hacerlo bien. Y creo que la escritura es ese algo, a pesar de mis carencias y deficiencias. Aunque no le guste a los demás, aunque resulte ridículo. Aunque me equivoque.
Soy un tipo común y corriente, nada más. Tengo un ego que combina la soberbia desbocada con un afán de castigo que sería bien recibido por los inquisidores de la Colonia, y que se complementa estupendamente con una fobia social que no me deja sobresalir. El negocio de la escritura –y cualquier otro- necesita desenvolvimiento social, carisma, encanto personal y –admitámoslo- cierta predisposición a lamerle las botas a los detentadores del poder. Yo francamente no tengo esas cualidades, y aunque algunos dicen que sí, la verdad no soporto estar con más de dos desconocidos en un mismo cuarto por mucho tiempo, o lo hago preparándome como lo haría un actor antes de salir a escena. Y eso los actores lo pueden hacer porque las funciones de teatro tienen un principio y un fin, y la vida no, salvo que uno salga de escena para siempre. La vida no se detiene hasta que se detiene, ni cuando estamos dormidos, y yo todavía no encuentro la manera de sostenerme la máscara demasiado tiempo, aunque más bien sea precisamente mi máscara, mi ego, el que hace insostenible mi vida diaria y lo que necesito es quitármela. Pero eso también es un gran problema que no tengo intención de resolver por ahora.
Tengo treinta y cinco años recién cumplidos y media vida que no me ha dejado demasiadas satisfacciones. No me siento a gusto con mi cuerpo, mi energía está baja y mi pensamiento es a veces demasiado obtuso, pero de repente se me ocurrirá algo bueno para poner en este blog, para que la misantropía no me aplaste del todo y pueda intercambiar contacto con otras personas, para que mi mensaje vaya más allá de este mar de voces inconscientes de sí mismas.
Hoy levanto mi silencio, el que me impuse por más de dos años, tras el estrepitoso fracaso de un proyecto cultural basado en la amistad traicionada y en la confianza destruida. Lo levanto porque escribir, aunque a veces no lo parezca, es vivir de dentro hacia fuera y decirse a uno mismo y a los demás aquello que nos puede salvar de nuestro propio ego, de nuestros demonios y fantasmas. Lo levanto porque alguna vez el escribir fue un placer, y deseo que vuelva serlo, por más que me duela, por más insatisfactorio que resulte el que otros me lean y no les interese. Lo levanto porque, aunque no escribo ni los versos más exquisitos ni las historias más originales, las escribo desde dentro y las reviso para que tengan un significado real, para que vivan por algo más que la gramática que las ordena o la retórica que las maquilla ante los ojos del lector. Voy a escribir no para cubrir los requisitos impuestos por los críticos, sino para expresarme de manera egoísta y a la vez absolutamente generosa. De antemano pido disculpas, porque esto no cambiará. Necesito vivir a través de mí mismo, y sólo escribiendo lo podré hacer. Así que si no quieren leerme, bueno... hay otras páginas, ¿no? Léanlas y déjeme en paz. Y los que sí quieran, pues bienvenidos, y gracias por darme su tiempo. No se hacen devoluciones del mismo, pero se entregan auténticos momentos de vida a cambio de unos minutos en la computadora. De algo habrán de servir. Ojalá.