27/02/2009

ME QUEDO UNA SEMANA SIN CABLE Y… ¡ASCO, HORROR, CONSTERNACIÓN! AHORA SE PONEN CHISTOSOS LOS GALINDO EN EL DOS.

Una de las ideas más felices que ha tenido Andrés Motta, también conocido como el No-Pianista, fue la de pagarnos el cable a los simpáticos habitantes de la Mansión Buñuel para Amigos Imaginarios. Gracias a él, pudimos desterrar al canal de las Botellas y a TV Imeca para ponernos hasta la madre de capítulos de Los Simpsons, Family Guy, House y Little Britain, series diseñadas para seres pensantes con alma perturbada como nosotros, el Lalo (mi histriónico carnal) el Master Yogurt (el buen Gerson Martinez) y su servidor. Por desgracia, al maestro Motta se le olvidó pagar, y como usé el dinero que nos dio para entrar en un concurso de cuento (escribir es gratis, pero que te lean es carísimo, y más si los cuentos los mandas por DHL para que lleguen) ahora hasta mañana sábado que cobro mi jugoso cheque recuperaremos la TV que nos gusta, gracias a Dios.
Por lo pronto, cada vez que se me ocurre encender la telera al regresar del mundo de la Democracia (o sea, mi trabajo en el IFE), al prender la tele me encuentro con el espeluznante panorama de un López Dóriga balbuceante o un noticiero de Azteca en el cual la noticia real ha dado paso a notas endulcoradas que suceden en un país que no existe. Como si no fuera bastante, ahora los Galindo Brothers, esos espeluznantes sujetos que se apoderaron de los domingos por la noche con programas de cantantetes y bailantes van a repetir el semi-reality, pero con “chitochitos”. ¡Sí, ahora seremos estúpidamente “graciosos”, y nuevamente el simpático Adal Ramones conducirá todo el bodrio! Como para salir corriendo por el arsénico si no pagamos pronto el cable. Después de eso, lo único que puedo decir es : ¿Dónde está Monty Python? ¡Albatrosss! ¡Albatrosssss!

P.D.: No todo es feo en la tele nacional. Gracias a Dios existe Silvia Navarro, y por mí puede actuar pésimo, pero con que salga ya se ganó el cielo. ¡Que felices son mis bugamomentos!

19/02/2009

EL CORAZON A GAS en La Gruta del Centro Cultural Helénico
Desde hace dos años, un simpático par ha estado trabajando en los teatros de esta convulsionada ciudad para ofrecer a los que lo deseen una pieza clásica del teatro dadá. Ellos son Eduardo Candás (Actor, cantante y carnal mío) y Andrés Motta (músico, director de escena y alma inspirada), quienes decidieron hacer algo inusual: tomar una pieza de Tristán Tzara para seis personajes en la que no hay ni tema, ni orden ni historia ni nada que funcione dentro de la lógica del teatro tradicional y convertirla en un espectáculo unipersonal donde Candás interpreta y canta TODOS los papeles y Motta lo acompaña al piano y las percusiones. El resultado es una obra delirante que se mueve entre el music hall más sofisticado y el teatro de la crueldad postulado por Antonin Artaud, con resultados extraordinarios. No por nada, la crítica de teatro del suplemento Sábado del diario UnoMásUno la calificó durante su temporada en el Teatro Salvador Novo del CNA como una de las diez mejores puestas en escena del 2008. Así que , si usted busca una obra que se salga de lo convencional, asista a ver esta pequeña pero brillantísima joya todos los domingos a las 6 de la tarde en La Gruta del Helénico. Av. Revolución 1500, Col. Guadalupe Inn, al fondo. Créanme, es realmente buena.
PERLAS CULTIVADAS: EMISIÓN I

A continuación, tres pequeñas minificciones que salieron de un tiro, inspirado en las minificciones del buen amgo y autor Rasabadú:

BOTANA SANGUÍNEA
La enfermera, cerulea y lanzando discretos eruptos de jabón Roma, del que irrita las manos al lavar carcerolas, me lanza el arponazo directamente al bicep izquierdo, pero aparte de la aguja también se le enganchan las uñas pintadas con esmalte verde. Me pide que me calme, que es sólo un piquetito, que la vacuna pronto hará efecto sobre mí y quedaré protegido contra el virus de la inmunodeficiencia emocional. Conforme empuja el émbolo va metiéndose más en mi brazo, formando un todo de uñas, hipodérmica y cuerpo. Continúa pidiéndome calma, serenidad, que no haga bizcos y pare de recitar la tabla del 7, pero sigue hundiéndose en mi brazo. Yo lo único que le pedí –y eso antes de que empezara a hundirse en mi carne- es que no fuera a inyectar en la boca del demonio que me tatué la semana pasada, porque aún no decidía la dieta que debía seguir y andaba hambreado, pero ella no hizo caso. Lo último que pude verle antes de que desapareciera bajo mi piel fue su chalequito verde, que desentonaba horrendamente con sus alaridos. Conste que se lo advertí.

CRISTIANDAD FAST TRACK
El Padre insistía en bautizar a todos los alumnos del hospicio, porque decía que era pecado ser pagano y además preferir la música de Leo Dan sobre la de José José, así que al terminar la clase de Origami para mancos se dio una escapada a la juguetería para comprarse una bazooka de plástico que procedió a rellenar con agua bendita extra fuerte que se trajo de su último viaje a Fátima, y justo cuando empezaba el taller de teatro de la crueldad (especialidad masoquistas)aprovechó y con sorprendente agilidad para su sobrepeso y la ajustada sotana que vestía –la cual permitía lucir su magnífico derrieré- comenzó a regar con la sacrosanta sustancia a sus educandos, los cuales procedieron a multiplicarse hasta saturar el reducido salón, diseñado para meter una máquina de coser y adaptado como aula a raíz de la última reforma educativa. El Padre, agobiado por la avalancha de alumnos y el fastidio de que nadie le avisara que todos eran gremlins, terminó falleciendo por asfixia, pero hasta el momento su alma no ha podido salir, de lo apachurrado que quedó su cuerpo. Hasta el momento se estaba pensando seriamente en ofrecerle una plaza como zombie, pero mientras no lo rescaten y le den cristiana sepultura no se puede asegurar que se lleve a cabo el trámite ante el Ministerio de Identidades y Otredades y el sindicato, que de fijo tarda una eternidad en mover su burocracia (y a veces hasta más tiempo).

EQUÍVOCO FUNDAMENTALISTA DEL ESPACIO EXTERIOR
El presidente de la organización para la protección de la vida sacrosanta del Planeta Quodzt-568, de visita en la tierra, había decidido realizar algunas compras para sus 329 retoños molones, así que pronto adquirió algunos palitos rascadores que esperaba serían un éxito. Vaya sorpresa que se llevó cuando el licenciado Santos Chamuco le señaló con evidente vergüenza que los susodichos juguetes también eran conocidos en la tierra como dildos. El pobre extraterrestre, pudoroso y a la vez dudando si deshacerse o no de los chiringuitos –que llevaba usando desde hace dos días como manitas rascadoras- se deshizo de los pecaminosos objetos por el ducto de la basura y regresó a su planeta con apenas una simple vergüenza cosquilleándole en el doble lóbulo cerebral de su tercera cabeza. Los empleados del hotel, situación aparte, hasta ahora no no se explican por qué gimen tanto las cucarachas travesties que viven de ocupas en las tuberías.
LA CULTURA, EL HOMBRE Y EL ABISMO ENTRE AMBOS
Los hombres pueden parecer detestables, tomados en sociedades comerciales y en naciones; en ellas pueden ser bribones, necios, asesinos; pueden tener caras viles y miserables; pero el hombre, como ideal, es tan noble y espléndido, es una criatura tan graciosa y radiante que todos sus compañeros deberían precipitarse sobre casa mancha de ignominia para cubrirla con sus mantos más preciosos.
Herman Menville, Moby Dick

Vivimos una época extraña, a pesar de que todos los autores de antaño digan a manera de cliché que ellos mismos vivían en una época extraña. La nuestra, si es posible la diferencia, basa su extrañeza en el hecho de que ya no sólo damos las cosas por hecho, sino que actuamos ya sin preocuparnos por decir algo más que no sea lo que se dijo antes. En el pasado reciente, a finales del siglo XIX y a lo largo del XX, la conciencia era la de que todo se había hecho ya, o de que, en el mejor de los caso estaba por hacerse todo, pues la tecnología y las obras humanas eran lo máximo. Cual sería la decepción nuestra, que en el siglo XXI ya no solamente nos encontramos que las posibilidades estaban cebadas desde el principio, sino que lo ya hecho no sólo es insuficiente, sino que tampoco vamos a más. El sutuacionismo y las filosofías de nuestro tiempo han anunciado sin pudor que la posmodernidad significa refritear lo ya existente, agenciarnos lo que está a mano y reusarlo, y lo que es peor, sus seguidores más ignorantes o corruptos han llevado esta máxima al pie de la letra sin aportar nada, sin interesarse por otra cosa que no sea el mero plagio medio disimulado por apostillas o datos personalas poco trascendentes. La creatividad es una materia banal (o aún peor, una herramienta) que aprenden los publicistas para venderle cosas a quien pueda comprarlas, y la creación artística una actividad de élite consistente en profanar la significación de los objetos y las personas, no para resignificarlos o tranformarlos, sino para volverlos intrascendentes, para matarlos y después declararlos insustanciales.
No es mi intención ser reaccionario ni ingenuo, puesto que estas visiones de la vida en realidad poseen un sentido más interesante y erótico del que acabo de describir, pero desgraciadamente son pocos los que lo exploran. Tristemente, la impresión que generan los museos, las revistas de arte, los artistas y los críticos es la antes expuesta: el arte como un supermercado en el que la técnica no va más allá de la imitación, la imagen como una fotocopiadora que va perdiendo los detalles de los objetos y los rostros que multiplica, la literatura como un laboratorio en el que las palabras ya no pesan de tanto que se han purificado en la retórica del no-decir y acaban cargadas de duda y vacío.
¿Está bien oponerse a esta tendencia? Sí. Está bien no porque la reacción sea una actitud inteligente por sí misma, sino porque las intenciones y las ideas son idóneas, pero los caminos han conducido a un callejón sin salida, a un abismo que cada vez se está volviendo más difícil de superar. Es un hecho que ya no hay nada nuevo bajo el sol, pero la imaginación debe seguir siendo nuestro territorio por descubrir, el espacio virgen que sustituya a los continentes donde se desarrolla la aventura, incluso si ésta es íntima o sucede en ciudades en las que no hay más emoción que el temor por sobrevivir a la quincena.
La mayoría de los artistas de esta tiempo deberíamos haber actuado en consecuencia con nuestros tiempos, pero eso no sucedió; por el contrario, hemos fallado porque, o estamos ocupados en conservar un estatus, más que en generar un espíritu de verdadera creación que supere los vicios posmodernos, o porque hemos estado inmersos en resolver crisis personales que afectan nuestro trabajo y nos han impedido desarrollar planamente nuestros objetivos, nuestras habilidades, limitándonos a mantener el trabajo alimenticio o a callar ante el rechazo a nuestras opiniones. En ambos casos, el artista debe cuestionarse lo que hace, aunque para fines prácticos se debe afirmar que los segundos son los que tendrán la última palabra, al estar menos corrompidos con la conciencia social, menos comprometidos con las ideas de muerte y comodidad que tienen a los segundos jugando al éxito o presumiendo sus becas. No quiero mencionar aquí la palabra revolución, porque los argumentos que la aplican olvidan que a la naturaleza humana se le resbalan siempre las ideologías y tiende inevitablemente a la entropía y al mantenimiento de sus sistemas de comodidad, sin mencionar que el acto creativo va más allá de lo revolucionario, puesto que es un acto aún más trasgresor: la creación, la invención, es detonadora de las emociones escondidas en el alma humana: no sólo descompone e incendia, sino que exacerba al individuo en su conjunto. El arte no modifica, sino que revela lo que ya estaba presente y lo subraya hasta volverlo absoluto, ineludible: revela al hombre como es en realidad, y semejante exposición es más violenta que cualquier transformación.
La cita de Melville que da pie a este texto gira alrededor de esta idea: los artistas deberíamos defender el ideal del hombre y protegerlo de sí mismo, y eso significa enseñarle su verdadera naturaleza para que pueda amarla, para que la haga suya y la refuerce. La cultura del último siglo, lejos de mostrarle al hombre su propia naturaleza reconciliándolo con ella, lo ha puesto en guerra contra sus instintos, sus creencias, sus anhelos y sus orígenes: el psicoanálisis, lejos de ayudarle, se ha convertido en un yugo que exige al paciente obedecer a su médico y adaptarse a una sociedad que no acepta lo que sucede; las familias, en vez de ser espacios de convivencia están convertidos en generadores de disfuncionalidad y neurosis, mientras que el arte y la cultura, en palabras de Antonin Artaud, se encuentran separadas de la vida, reducidas “a una especie de inconcebible panteón; lo que motiva una idolatría de la cultura”, pero no una vivencia de la misma y a una interacción, lo cual sería el ideal.
Seguramente, y como de costumbre, las tendencias de los últimos años se revertirán en gran medida cuando los artistas –y la sociedad con ellos– entiendan que hay que intuir e inventar nuevos caminos, aunque sea recordando los viejos, en vez de dar vueltas sobre la misma ruta hasta hacer de ella una zanja –o trinchera, según la belicosidad de cada quien–, y que la opción para lograr esto sea retroceder sobre lo andado. Pero que no se interprete esto como un retroceso: cuando los exploradores se pierden, regresan sobre sus pasos para recuperar la ruta. Sólo así se puede seguir adelante. Sólo así se puede tener un objetivo, cualquiera que este sea para el arte y para la significación humana.

09/02/2009

LEVANTAR EL SILENCIO: UNA INTRODUCCIÓN

Me desesperan los blogs. Me cansa esa avalancha de textos electrónicos en los que sus autores se avientan a dar línea sobre todos los temas conocidos –y de los desconocidos también– como si fueran los conocedores que el mundo esperaba, cuando muchas veces tan sólo demuestran su inmensa ignorancia y su soberbia desbocada. Y sin embargo, aquí estoy yo poniendo mi colaboración en este desfile de choros intragables. Venga, entremos al club de una vez.
¿Por qué? Porque yo también tengo que hablar. Ni modo, soy escritor. No el mejor, francamente, pero lo soy, y eso significa que también debo hacer público mi imperfecto y torturado pensar. Que les quede claro a todos: soy simple y llanamente un escritor, no un intelectual, y que vaya a chingar a su puta madre el que me cuelgue ese infecto sambenito. No estoy para cambiarle la vida a nadie, ni para darle cátedra a nadie, salvo que me quieran incluir en la nómina de alguna institución educativa. No soy perfecto ni me interesa serlo. Tan sólo quisiera decir algo que rompa con el concierto de afinadísimos y melódicos mediocres, este coro intolerable de sabihondos que se sienten bordados a mano tan sólo porque creen que saben. Yo también soy ignorante, pero tengo a la mano algunas migajas de conocimiento, y también quiero divertirme. También quiero tener una voz.
¿Por qué no la había expuesto antes? Porque me harté. Me asquee de todo lo que tenía que ver con intelecto, con escritura, con ideas, con intelectualidad. Me causó un gran repudio el comprobar ciertas traiciones que aún me duelen; y finalmente, me harté de ayudar a otras personas a recibir reconocimientos que a mí se me negaban, lo que terminó enfermándome. Literal y totalmente: a la vez que la envidia me corroía, también físicamente me invadía una nausea y un malestar de tal magnitud que el desastre acabó invadiendo toda mi vida: sin hogar, sin trabajo, fastidiado con mi familia y con un círculo de amigos voluntariamente reducido, me vi obligado a enfrentar a la única persona con la qué tenía que pelearme: yo mismo. Y la confrontación no me gustó, pero fue muy educativa.
El proceso de curación en el que me encuentro inmerso no ha terminado. En cualquier momento puede remitir el malestar y de la noche a la mañana la metástasis del alma se me puede subir de nueva cuenta. ¿Pero qué puedo hacer? ¿Guardarme en una antiséptica burbuja? ¿Sumergirme en cualquier materia evasiva, como libros, resentimientos, drogas? No, eso no tiene caso. Y la verdad, no tengo ganas de jugar a las abstinencias totales o a la inclusión de alguna saturación absoluta. Lo que yo quiero de verdad es hacer algo interesante y provechoso, y además hacerlo bien. Y creo que la escritura es ese algo, a pesar de mis carencias y deficiencias. Aunque no le guste a los demás, aunque resulte ridículo. Aunque me equivoque.
Soy un tipo común y corriente, nada más. Tengo un ego que combina la soberbia desbocada con un afán de castigo que sería bien recibido por los inquisidores de la Colonia, y que se complementa estupendamente con una fobia social que no me deja sobresalir. El negocio de la escritura –y cualquier otro- necesita desenvolvimiento social, carisma, encanto personal y –admitámoslo- cierta predisposición a lamerle las botas a los detentadores del poder. Yo francamente no tengo esas cualidades, y aunque algunos dicen que sí, la verdad no soporto estar con más de dos desconocidos en un mismo cuarto por mucho tiempo, o lo hago preparándome como lo haría un actor antes de salir a escena. Y eso los actores lo pueden hacer porque las funciones de teatro tienen un principio y un fin, y la vida no, salvo que uno salga de escena para siempre. La vida no se detiene hasta que se detiene, ni cuando estamos dormidos, y yo todavía no encuentro la manera de sostenerme la máscara demasiado tiempo, aunque más bien sea precisamente mi máscara, mi ego, el que hace insostenible mi vida diaria y lo que necesito es quitármela. Pero eso también es un gran problema que no tengo intención de resolver por ahora.
Tengo treinta y cinco años recién cumplidos y media vida que no me ha dejado demasiadas satisfacciones. No me siento a gusto con mi cuerpo, mi energía está baja y mi pensamiento es a veces demasiado obtuso, pero de repente se me ocurrirá algo bueno para poner en este blog, para que la misantropía no me aplaste del todo y pueda intercambiar contacto con otras personas, para que mi mensaje vaya más allá de este mar de voces inconscientes de sí mismas.
Hoy levanto mi silencio, el que me impuse por más de dos años, tras el estrepitoso fracaso de un proyecto cultural basado en la amistad traicionada y en la confianza destruida. Lo levanto porque escribir, aunque a veces no lo parezca, es vivir de dentro hacia fuera y decirse a uno mismo y a los demás aquello que nos puede salvar de nuestro propio ego, de nuestros demonios y fantasmas. Lo levanto porque alguna vez el escribir fue un placer, y deseo que vuelva serlo, por más que me duela, por más insatisfactorio que resulte el que otros me lean y no les interese. Lo levanto porque, aunque no escribo ni los versos más exquisitos ni las historias más originales, las escribo desde dentro y las reviso para que tengan un significado real, para que vivan por algo más que la gramática que las ordena o la retórica que las maquilla ante los ojos del lector. Voy a escribir no para cubrir los requisitos impuestos por los críticos, sino para expresarme de manera egoísta y a la vez absolutamente generosa. De antemano pido disculpas, porque esto no cambiará. Necesito vivir a través de mí mismo, y sólo escribiendo lo podré hacer. Así que si no quieren leerme, bueno... hay otras páginas, ¿no? Léanlas y déjeme en paz. Y los que sí quieran, pues bienvenidos, y gracias por darme su tiempo. No se hacen devoluciones del mismo, pero se entregan auténticos momentos de vida a cambio de unos minutos en la computadora. De algo habrán de servir. Ojalá.
LA FRASE DE FEBRERO:


No importa cuánto tiempo será necesario, pero cuando conectemos nuestras neuronas con circuitos electrónicos artificiales habrá todavía, junto a nosotros, una mesa de luz y sobre ella un libro: quizá sea de titanio, pero será un libro. Y lo que hacemos cada día, hoy, quizá sin siquiera saberlo, es elegir qué libro será: ¿puedes imaginarte una tarea más alta y divertida?
ALESSANDRO BARICCO