19/02/2009

LA CULTURA, EL HOMBRE Y EL ABISMO ENTRE AMBOS
Los hombres pueden parecer detestables, tomados en sociedades comerciales y en naciones; en ellas pueden ser bribones, necios, asesinos; pueden tener caras viles y miserables; pero el hombre, como ideal, es tan noble y espléndido, es una criatura tan graciosa y radiante que todos sus compañeros deberían precipitarse sobre casa mancha de ignominia para cubrirla con sus mantos más preciosos.
Herman Menville, Moby Dick

Vivimos una época extraña, a pesar de que todos los autores de antaño digan a manera de cliché que ellos mismos vivían en una época extraña. La nuestra, si es posible la diferencia, basa su extrañeza en el hecho de que ya no sólo damos las cosas por hecho, sino que actuamos ya sin preocuparnos por decir algo más que no sea lo que se dijo antes. En el pasado reciente, a finales del siglo XIX y a lo largo del XX, la conciencia era la de que todo se había hecho ya, o de que, en el mejor de los caso estaba por hacerse todo, pues la tecnología y las obras humanas eran lo máximo. Cual sería la decepción nuestra, que en el siglo XXI ya no solamente nos encontramos que las posibilidades estaban cebadas desde el principio, sino que lo ya hecho no sólo es insuficiente, sino que tampoco vamos a más. El sutuacionismo y las filosofías de nuestro tiempo han anunciado sin pudor que la posmodernidad significa refritear lo ya existente, agenciarnos lo que está a mano y reusarlo, y lo que es peor, sus seguidores más ignorantes o corruptos han llevado esta máxima al pie de la letra sin aportar nada, sin interesarse por otra cosa que no sea el mero plagio medio disimulado por apostillas o datos personalas poco trascendentes. La creatividad es una materia banal (o aún peor, una herramienta) que aprenden los publicistas para venderle cosas a quien pueda comprarlas, y la creación artística una actividad de élite consistente en profanar la significación de los objetos y las personas, no para resignificarlos o tranformarlos, sino para volverlos intrascendentes, para matarlos y después declararlos insustanciales.
No es mi intención ser reaccionario ni ingenuo, puesto que estas visiones de la vida en realidad poseen un sentido más interesante y erótico del que acabo de describir, pero desgraciadamente son pocos los que lo exploran. Tristemente, la impresión que generan los museos, las revistas de arte, los artistas y los críticos es la antes expuesta: el arte como un supermercado en el que la técnica no va más allá de la imitación, la imagen como una fotocopiadora que va perdiendo los detalles de los objetos y los rostros que multiplica, la literatura como un laboratorio en el que las palabras ya no pesan de tanto que se han purificado en la retórica del no-decir y acaban cargadas de duda y vacío.
¿Está bien oponerse a esta tendencia? Sí. Está bien no porque la reacción sea una actitud inteligente por sí misma, sino porque las intenciones y las ideas son idóneas, pero los caminos han conducido a un callejón sin salida, a un abismo que cada vez se está volviendo más difícil de superar. Es un hecho que ya no hay nada nuevo bajo el sol, pero la imaginación debe seguir siendo nuestro territorio por descubrir, el espacio virgen que sustituya a los continentes donde se desarrolla la aventura, incluso si ésta es íntima o sucede en ciudades en las que no hay más emoción que el temor por sobrevivir a la quincena.
La mayoría de los artistas de esta tiempo deberíamos haber actuado en consecuencia con nuestros tiempos, pero eso no sucedió; por el contrario, hemos fallado porque, o estamos ocupados en conservar un estatus, más que en generar un espíritu de verdadera creación que supere los vicios posmodernos, o porque hemos estado inmersos en resolver crisis personales que afectan nuestro trabajo y nos han impedido desarrollar planamente nuestros objetivos, nuestras habilidades, limitándonos a mantener el trabajo alimenticio o a callar ante el rechazo a nuestras opiniones. En ambos casos, el artista debe cuestionarse lo que hace, aunque para fines prácticos se debe afirmar que los segundos son los que tendrán la última palabra, al estar menos corrompidos con la conciencia social, menos comprometidos con las ideas de muerte y comodidad que tienen a los segundos jugando al éxito o presumiendo sus becas. No quiero mencionar aquí la palabra revolución, porque los argumentos que la aplican olvidan que a la naturaleza humana se le resbalan siempre las ideologías y tiende inevitablemente a la entropía y al mantenimiento de sus sistemas de comodidad, sin mencionar que el acto creativo va más allá de lo revolucionario, puesto que es un acto aún más trasgresor: la creación, la invención, es detonadora de las emociones escondidas en el alma humana: no sólo descompone e incendia, sino que exacerba al individuo en su conjunto. El arte no modifica, sino que revela lo que ya estaba presente y lo subraya hasta volverlo absoluto, ineludible: revela al hombre como es en realidad, y semejante exposición es más violenta que cualquier transformación.
La cita de Melville que da pie a este texto gira alrededor de esta idea: los artistas deberíamos defender el ideal del hombre y protegerlo de sí mismo, y eso significa enseñarle su verdadera naturaleza para que pueda amarla, para que la haga suya y la refuerce. La cultura del último siglo, lejos de mostrarle al hombre su propia naturaleza reconciliándolo con ella, lo ha puesto en guerra contra sus instintos, sus creencias, sus anhelos y sus orígenes: el psicoanálisis, lejos de ayudarle, se ha convertido en un yugo que exige al paciente obedecer a su médico y adaptarse a una sociedad que no acepta lo que sucede; las familias, en vez de ser espacios de convivencia están convertidos en generadores de disfuncionalidad y neurosis, mientras que el arte y la cultura, en palabras de Antonin Artaud, se encuentran separadas de la vida, reducidas “a una especie de inconcebible panteón; lo que motiva una idolatría de la cultura”, pero no una vivencia de la misma y a una interacción, lo cual sería el ideal.
Seguramente, y como de costumbre, las tendencias de los últimos años se revertirán en gran medida cuando los artistas –y la sociedad con ellos– entiendan que hay que intuir e inventar nuevos caminos, aunque sea recordando los viejos, en vez de dar vueltas sobre la misma ruta hasta hacer de ella una zanja –o trinchera, según la belicosidad de cada quien–, y que la opción para lograr esto sea retroceder sobre lo andado. Pero que no se interprete esto como un retroceso: cuando los exploradores se pierden, regresan sobre sus pasos para recuperar la ruta. Sólo así se puede seguir adelante. Sólo así se puede tener un objetivo, cualquiera que este sea para el arte y para la significación humana.